martes, 19 de enero de 2016

Le llamaban Trinidad



Repasando la videoteca de la familia aparece una película inesperada que, de ninguna manera puedo evitar echarle un repaso. No sé cuantas veces la habré visto de pequeño, en una época en que ver a un par de zumbados arrear guantazos sin ton ni son (y sin rastro de glamour) era suficiente para desternillarme en el sofá.

Le llamaban Trinidad es de estas películas que hay que admirar porque inventan un género, un modo de hacer películas que se repitió durante los siguientes veinte años. El que no haya conocido las películas de Terence Hill y Bud Spencer se ha perdido una buena pieza de la historia del cine. El concepto era simple: a partir de un argumento trillado propio de un capítulo del Equipo A, buscar la excusa para que Mr. Ojos Azules y el Barbudo Atizador defendieran algo (sus chicas, una familia en peligro, unos pobres mormones) a toña limpia. A partir de ahí, risas.  

Sentencia, van Cleef, Django… Son mitos inolvidables del Spaghetti Western, pero sin duda el más zafio, hosco y chulo (sobretodo chulo) de ellos es Trinidad, la mano derecha del Diablo. Nunca antes se había llevado al género con tantas ganas por la autoparodia salvaje y el choteo gratuito (¡ni Sillas de montar calientes oiga!). Junto a su hermano El Niño (la mano izquierda del Diablo) se dedican a la buena vida, pero las circunstancias les obligarán  a sustituir al Sheriff de un pueblo anónimo del oeste. Allí se implicarán en la defensa de un grupo de mormones frente a los abusos del cacique torticero de turno.

Como sucedería en multitud de películas posteriores, el guión es una simple excusa para generar un puñado de chistes para mayor gloria del carisma y el inmenso morro de Terrence Hill (de los que hacen historia), lucir las capacidades alcohólicas y gastronómicas de este par de zumbados y, evidentemente, sacar partido a su gracejo atizando leches, acabando siempre en una ensalada de golpes, hostias y maderas rotas de primer nivel.

El inicio es simplemente impagable, con una magistral presentación (hecha por pura chiripa) de Trinidad, el vaquero más vago y sucio del miedo oeste, que tan pronto da asquete con sus toneladas de roña incrustrada en el cuerpo, como hace gracia mientras es arrastrado por su camilla-trineo (ni se inmuta al pasar un río, con un par), o nos deleita con su carisma y su clase devorando una olla de frijoles en apenas unos segundos. De fondo, convirtiendo la escena en pura épica, una de las más reconibles bandas sonoras de marca Morricone  (homenajeada por Tarantino en su Django desencadenado). No queda sino aplaudir tras recoger la mandíbula del suelo. Impresionante.

La podemos en el saco de esas películas que son tan malas que en realidad son muy buenas, pues suple unos medios muy pedestres con toneladas de carisma y buen rollo. El morro y la química de los protagonistas se valen para paliar la nula capacidad interpretativa del resto del elenco o el excentrico diseño de unas coreografías de acción la mar de curiosas (en la pelea final dejan a uno “inconsciente” más de cuatro veces xD). Aunque se lo merecería, no puedo hablar mal de ella. Es cutre y mala a rabiar, sí. No tengo ninguna duda de que los mismos creadores ya eran conscientes de ello en su momento, pero le tengo un cariño que no os podéis hacer una idea. Nadie pega ostias como tito Bud, nadie tiene un morro como el tito Terence. Mi infancia no se explica sin ellos.

Acabo volviendo una y otra vez a esta película cuando por casualidad me vienen a la mente este par de mastuerzos. No puedo sino admirar a este clásico de las parodias, que creó escuela con dos duros, mucho carisma y se convirtió en mito. En fin, una de las chorradas más ligeras de los años setenta y, ¿por qué no?, una de las aproximaciones al western más personales y míticamente desmitificadores que te puedes encontrar.


Nota: 6
Nota filmaffinity: 6.2

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